Cuando entrenamos a niños, no debemos caer en el error de utilizar modelos del deporte de adultos. Los niños tienen características y necesidades propias, y el entrenamiento tiene que estar pensado, planificado, ejecutado y evaluado teniendo en cuenta esta realidad. Habrá diferencias en la organización del grupo, en la selección de métodos, actividades y ejercicios, en la forma de comunicar, de dar feedback. Pero, además, la respuesta fisiológica de sus organismos también va a ser distinta, y eso es algo que el entrenador, educador o formador debe conocer, además de ser consciente de la importancia de estas diferencias.
Dentro de dichas diferencias, una curiosidad es la denominada como “paradoja del lactato”. El hecho es que el organismo, durante la infancia, no es capaz de producir altas cantidades de lactato, debido a una incapacidad enzimática, por lo que utiliza, incluso en actividades de intensidad moderada o alta, las vías aeróbicas para obtener energía. Esto se traduce en que podemos encontrarnos a un niño llevando a cabo una actividad física a una frecuencia cardiaca que, en el caso de darse en un adulto haría que estuviera trabajando de manera predominantemente anaeróbica; sin embargo, en el caso del niño el trabajo es aeróbico. Es decir, que los niños poseen un Umbral Anaeróbico elevado, no por un efecto de adaptación fisiológica debida al entrenamiento, que seria la causa de algo así en adultos, sino debido a su incapacidad para producir altas cantidades de lactato. De la misma manera, es lógico pensar que la tolerancia al lactato en niños es mínima, por lo que cualquier concentración de este producto producirá la fatiga.
Jorge Rubio Tomás