Es frecuente encontrar a algunas personas, tanto aquellas que se inician en la práctica de actividad física o deportiva, como otras más avanzadas, que incrementan su frecuencia de entrenamiento, olvidándose de incluir dentro de su plan los descansos necesarios.
Esta falsa creencia de que cuanto mayor sea la frecuencia de entrenamiento, mayores serán las mejoras o mayor será el rendimiento, obviando unas adecuadas recuperaciones, puede llevarnos a situaciones de sobreentrenamiento, lesiones, desmotivación por no obtener todas las mejoras que esas multitudinarias sesiones deberían proporcionar, etc.
Es importante tener en cuenta que, para lograr las adaptaciones necesarias para la mejora de nuestra condición física, debe existir una adecuada alternancia entre la frecuencia de práctica y los periodos de descanso.
Cuando hablamos de descanso, tenemos que entenderlo en una doble vertiente: los descansos intercalados entre las distintas sesiones de entrenamiento, y los descansos tras una temporada o un período de entrenamiento concreto. Los primeros permitirán asimilar las cargas de entrenamiento, y harán posibles las adaptaciones y las mejoras en nuestra condición física. Los segundos también son imprescindibles, ya que cuando mantenemos un nivel de condición física, en busca de nuestro mayor rendimiento posible, nuestro organismo no es capaz de mantener dicho nivel de manera permanente, sino que llegará un momento en el que entraría en lo que se conoce como fase de agotamiento.
Cabe realizar algunos matices; si una persona incrementa su frecuencia de entrenamiento, pero considera las recuperaciones oportunas, estará incrementando “la carga de trabajo” correctamente. Por otro lado, hay que decir que un trabajo de 45 minutos de carrera continua, supone una carga intensa para una persona poco entrenada- sesión a la probablemente debería seguir una jornada de descanso-, mientras que para un sujeto entrenado, podríamos considerarla como una sesión de descanso activo.
La justificación fisiológica de estos períodos de descanso es que, cuando sometemos al organismo a una “carga” – es decir, una actividad con una intensidad suficiente como para provocar efectos de adaptación en nuestros sistemas - el nivel o estado de nuestro organismo desciende por debajo del que tenía inicialmente; cuando se le permite una adecuada recuperación, el organismo no sólo recupera el nivel inicial, sino que éste se ve incrementado, lo que se conoce como supercompensación. Por así decirlo, el organismo acumula unos potenciales energéticos, que hacen que esté en mejores condiciones para asimilar una carga de ese tipo. Por supuesto, esta supercompensación no es eterna- hay autores que hablan de que se puede mantener un máximo de 3 días- de lo que extraemos una doble conclusión: si queremos producir fenómenos de adaptación en nuestro organismo, incrementar nuestro potencial físico, debemos aplicar la siguiente carga de entrenamiento coincidiendo con ese estado de supercompensación ( lo que nos habla de la necesidad de tener frecuencia de práctica); por otro lado, debemos permitir esa recuperación para que tenga lugar la supercompensación (lo que nos habla de la necesidad de darle al cuerpo períodos de recuperación adecuados).
Jorge Rubio